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Paola Bautista de Alemán: Es una transición, no una revolución

Caracas, 19 de octubre de 2026.- En los últimos días ha crecido la presión sobre los tiempos del cambio político. Es un sentido de urgencia que comprendo y comparto. A los largos años de lucha democrática se suman las terribles condiciones económicas y sociales que nos aquejan. Por eso, el sentido de urgencia es compartido. Todos queremos entrar a la democracia sin ningún tipo de dilación. A nadie le conviene postergar el cambio político. Quienes están sentados en la mesa de diálogo, quienes la ven con recelo y quienes se oponen a ella… todos queremos lo mismo: llegar a la democracia, cuanto antes.

Recordar ese piso común es fundamental. Sugerir que ese propósito nos separa falta a la verdad y hiere la estabilidad futura. Es un error estratégico. ¿A quién le conviene fracturar aquello que nos une? ¿A quién contribuye destruir el terreno de entendimiento que hemos construido a lo largo de los años?

Por eso, creo que nuestras diferencias no están en el destino que compartimos, sino en el camino que las circunstancias nos han permitido recorrer para alcanzarlo.

La revolución que no fue

Durante años, trabajamos por un borrón y cuenta nueva. Aunque sea paradójico, soñamos con una revolución. Anhelábamos el momento en que el chavismo recogiera sus peroles y abandonara el poder. Quizás esa expectativa compartida respondía a nuestra tradición rupturista. Por muchas razones, esperábamos que Maduro se montara en su Vaca Sagrada y se fuera para siempre. Pero eso no ocurrió.

Lo que pasó fue que el 28 de julio de 2024 se robaron la elección, nos reprimieron y se aferraron al poder. Hicimos todo lo que estaba en nuestras manos para derrotarlos y no fue suficiente. Llegamos al límite de la resiliencia democrática y pagamos el precio de luchar por nuestro país. Hasta que llegó el 3 de enero de 2026. Ese día, una operación militar extranjera se llevó a Nicolás Maduro, pero dejó a los Rodríguez. Así fue y así es.

La administración Trump hizo lo que nosotros no pudimos o no quisimos hacer. El tiempo nos permitirá asimilar el peso de esa realidad y no pretendo detenerme en ello en estas líneas. Por ahora, me limitaré a señalar lo evidente: Estados Unidos asumió riesgos, abrió las puertas a un nuevo escenario político y se convirtió en el actor con mayor peso en la ecuación de poder. Dicho en criollo: ellos pagaron la fiesta y ellos están poniendo la música.

Llegó la hora del festín de sapos y estamos descubriendo que tragarlos cuesta mucho más de lo que imaginábamos.

Quizás algún lector puede llenarse del Che Guevara y acusarme de traición, pero asumir esta realidad es compatible con el amor a nuestro país. Estados Unidos se llevó a Maduro y abrió las puertas a una transición hacia la democracia. No es “la que soñamos”, no es “la que planeamos”, pero es “la posible”.

Lo que vino tras la captura del dictador no fue una revolución, sino el inicio de una transición: un proceso de cambio gradual y progresivo, donde se busca impulsar reformas institucionales y llegar a consensos políticos.

A diferencia de las revoluciones, que aspiran a romper radicalmente con el orden anterior, las transiciones no parten de cero. Por el contrario, identifican aquello que puede sobrevivir del viejo régimen y lo transforman para hacerlo compatible con el nuevo orden democrático que se aspira a construir. Se trata de cambiar profundamente sin tener que destruirlo todo, de transformar las instituciones existentes para ponerlas al servicio de la democracia. Y en eso estamos.

La transición posible hoy

Dicho lo anterior, la pregunta práctica es cómo conciliar la auténtica premura que nos une con los tiempos de la transición. No tengo una respuesta contundente para esta interrogante. Pero quiero compartir tres tareas que pueden contribuir a la transición.

Primero, debemos aprender a tragar sapos.

Durante años se nos advirtió que, llegado el momento, tendríamos que enfrentarnos a un extenso menú de sapos. Se referían así a las medidas impopulares, las concesiones difíciles y las decisiones incómodas que inevitablemente acompañarían un proceso de cambio político. Nosotros los escuchábamos, tomábamos nota y seguíamos adelante. Pues bien, llegó la hora del festín de sapos y estamos descubriendo que tragarlos cuesta mucho más de lo que imaginábamos. Ahora urge aprender a hacerlo y, sobre todo, construir las condiciones para que cada sacrificio valga la pena.

No tengo recetas para esta tarea. Cada quien tendrá que encontrar su propia manera de afrontar las contradicciones, procesar las incomodidades y asumir los costos. Lo que tengo claro es que tendremos que hacerlo sin perder de vista las razones por las que hemos luchado durante tantos años.

Segundo, tenemos que emplearnos en la pedagogía ciudadana.

La naturaleza del cambio político que comienza a abrirse paso exige iniciar un proceso de sanación colectiva que requerirá tiempo y madurez.

Debemos tomarnos el tiempo para hablarle al país y explicarle lo que está ocurriendo. También debemos ser capaces de ponernos en el lugar del otro y comprender que nuestra desconfianza tiene raíces profundas, alimentadas por décadas de engaños, promesas incumplidas y frustraciones acumuladas.

El liderazgo que demanda este tiempo debe ser democrático y empático, dispuesto a escuchar, comprender, conversar y construir. Más de treinta años de persecución y represión han dejado heridas profundas en nuestra alma criolla. La naturaleza del cambio político que comienza a abrirse paso exige iniciar un proceso de sanación colectiva que requerirá tiempo y madurez.

Ese proceso no se resolverá con fotografías impostadas, ni con gestos superficiales. Hablo de un esfuerzo profundo, humano y auténtico de reconocimiento, aceptación y reparación. Una tarea que nos permita reencontrarnos como sociedad, hacernos cargo de nuestra historia y recuperar la confianza necesaria para construir un futuro compartido.

Las certezas que hoy podemos ofrecer deben construirse paso a paso, con hechos, compromisos y resultados.

Tercero, hay que ofrecer certezas a todos.

A los venezolanos no nos falta paciencia; nos faltan certezas que nos ayuden a atravesar el túnel que tenemos por delante. Somos capaces de resistir sacrificios, de tragarnos cuanto sapo nos pongan sobre la mesa, pero necesitamos saber que esos esfuerzos valdrán la pena. Si logramos ver esa luz al final de este túnel, tendremos razones para ser pacientes y perseverantes.

Quizás este es el más difícil de los retos. Los procesos de transición hacia la democracia están inevitablemente marcados por la incertidumbre y por la opacidad. Basta con leer las memorias y escuchar los testimonios de quienes protagonizaron experiencias similares para reconocernos en sus dilemas, contradicciones, temores y esperanzas. Hay algo profundamente humano en esas historias que nos resulta familiar.

Por eso, la pedagogía política, la construcción de consensos y la recuperación paulatina de las dinámicas democráticas adquieren tanta importancia. Son maneras de ofrecer orientación en medio de la incertidumbre, reconstruir la confianza y darle sentido a los sacrificios que estamos llamados a asumir. Las certezas que hoy podemos ofrecer deben construirse paso a paso, con hechos, compromisos y resultados que permitan a los venezolanos reconocer que avanzamos hacia la democracia.

De lo deseable a lo posible

Uno de los mayores desafíos que tenemos por delante es aceptar que la revolución por la que trabajamos durante tantos años no fue posible y que hoy estamos ante una transición en construcción. Su éxito dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad para comprender la naturaleza de este proceso, asumir la realidad con sus posibilidades y limitaciones, y aprender a recorrer el camino que se ha abierto ante nosotros.

Nos tocará hacerlo con inteligencia, paciencia, generosidad y sentido de responsabilidad histórica. Y, sobre todo, tendremos que hacerlo unidos, poniendo a Venezuela por encima de nuestras diferencias. Porque, al final, de eso se trata: de aprovechar la oportunidad que tenemos para construir la democracia por la que tanto hemos luchado.

Este artículo se publicó originalmente en Caracas Chronicles.