Julio Borges: El temor y la impaciencia: Venezuela en el filo de la transición
Caracas, 01 de mayo de 2026.- Julio María Sanguinetti tituló uno de sus libros sobre la transición democrática en Uruguay con una fórmula que hoy describe exactamente a Venezuela: El temor y la impaciencia. Temor, porque cuando un régimen se resquebraja nadie sabe cuánta violencia puede causar su último manotazo. Impaciencia, porque un pueblo que ha sobrevivido 25 años de dictadura siente que ya esperó demasiado y que la libertad no puede seguir siendo un anuncio.
La visita de María Corina Machado a Madrid se inscribe en ese filo histórico. No fue solo una gira fue un termómetro político de la fiebre que vive Venezuela. En tiempos normales, los viajes de un líder opositor serían rutina. En una transición incierta, son otra cosa: son un acto de legitimidad internacional, una forma de proteger el mandato popular y una manera de impedir que el poder se recicle con otra máscara.
Venezuela está, hoy, en el punto exacto donde las transiciones se ganan… o se pierden.
Desde el 3 de enero, el madurismo perdió su cabeza. Pero el cuerpo sigue y un cuerpo sin cabeza puede ser más peligroso: actúa por reflejo, por instinto, por supervivencia. En esa situación, el miedo se convierte en política pública: «amnistías» selectivas, liberaciones administradas, excepciones, listas negras. Se abre una puerta, sí, pero se intenta dejarla entornada, nunca del todo abierta. Se busca una «democracia gobernada», no una democracia gobernante.
Aquí es donde Madrid importa
La gira de María Corina en España tiene un significado estratégico: recordar que el 28 de julio de 2024 fue el punto de no retorno, el día en que una mayoría nacional habló con claridad. Ese mandato no puede ser enterrado bajo una ley diseñada para administrar el miedo. No puede ser relativizado por quienes, desde Europa, siguen coqueteando con la equidistancia como si Venezuela fuera un debate ideológico y no una tragedia humana y política.
España, además, no es un escenario cualquiera. Es puente. Es refugio. Es voz en Europa. También es un espejo. En su propia historia, España sabe que una transición no consiste en cambiar nombres para que todo siga igual. Consiste en devolver el voto al ciudadano. En crear reglas. En abrir instituciones. En permitir que la política vuelva a ser competencia y no castigo.
Por eso la pregunta que deja esta visita es tan simple como exigente: ¿vamos a permitir que el temor paralice el cambio, o vamos a organizar a la impaciencia?
La transición debe ser una causa nacional
La impaciencia, cuando se desordena, puede llevar al error. Pero cuando se organiza, se vuelve fuerza histórica. Organizarla significa insistir, con disciplina, en lo básico: libertad plena de los presos políticos, fin de la persecución, legalización de partidos, desarme de estructuras paramilitares, un árbitro electoral nuevo, y un cronograma verificable de elecciones –parlamento, regiones y presidenciales– para que el país vuelva a decidir.
Aquí hay otro punto que Madrid ayudó a subrayar: la transición venezolana no puede ser un duelo de egos ni una disputa de microliderazgos. Debe ser una causa nacional. Por eso también hay que nombrar a Edmundo González Urrutia. En la serenidad de Edmundo hay un mensaje que vale oro en una transición: firmeza sin estridencia, legitimidad sin revancha, República sin odio.
El temor y la impaciencia no son excluyentes. Son señales. El temor nos recuerda que el adversario aún puede hacer daño. La impaciencia nos recuerda que la historia abrió una ventana y no debemos desperdiciarla.
Venezuela está más cerca que nunca. Pero en las transiciones, lo más peligroso no es perder batallas es creer que ya se ganó la guerra. Este artículo fue publicado originalmente en El Debate




